¿Qué es el DRM en los libros?

Actualizado: 30 ago

El DRM, siglas de Digital Rights Management (Gestión de Derechos Digitales), designa un conjunto de tecnologías destinadas a controlar el acceso, el uso, la copia y la distribución de contenidos digitales. En el ámbito de los libros, se aplica principalmente a los libros electrónicos o ebooks, con la intención de proteger los derechos de autor, dificultar la piratería y establecer las condiciones bajo las cuales puede utilizarse una obra.
Dicho de una manera más sencilla, el DRM funciona como una especie de «candado digital». Puede impedir que un libro electrónico se copie, se imprima, se comparta o incluso se lea en determinados dispositivos o aplicaciones si no se cumplen ciertas condiciones. Plataformas como Amazon, Google Play Books, Apple Books o Kobo utilizan distintos sistemas de DRM para proteger los libros que comercializan y limitar su distribución no autorizada.
Pero detrás de esta tecnología hay una cuestión que va más allá de lo puramente técnico: ¿qué significa realmente comprar un libro digital? ¿Estamos adquiriendo un libro del mismo modo que cuando compramos un ejemplar en papel, o estamos pagando únicamente por el derecho a acceder a él bajo unas determinadas condiciones?
¿Cómo funciona el DRM en los libros electrónicos?
El DRM introduce en el archivo digital —o, en algunos casos, en el sistema que gestiona su acceso— determinadas restricciones que condicionan lo que el usuario puede hacer con el libro.
Entre ellas se encuentran:
Leer el libro únicamente en dispositivos o aplicaciones autorizados.
Impedir o limitar la copia y el pegado de fragmentos de texto.
Restringir la transferencia del libro a otros usuarios.
Limitar el número de dispositivos en los que puede utilizarse.
Restringir la impresión o impedirla por completo.
Por ejemplo, un ebook adquirido a través de Amazon puede estar vinculado al ecosistema de Kindle, de modo que no sea posible abrirlo directamente en otros lectores, como un Kobo o un PocketBook. Para hacerlo sería necesario eliminar las restricciones que incorpora el sistema de protección, algo que puede estar limitado tanto técnica como legalmente y que, además, puede contravenir las condiciones de uso del servicio.
En teoría, todo esto responde a una finalidad sencilla: impedir que un archivo comprado por un usuario pueda convertirse fácilmente en miles de copias distribuidas sin autorización. En la práctica, sin embargo, la cuestión es bastante más compleja.
Ventajas del DRM
El DRM tiene defensores, y no sin motivo. Desde el punto de vista de autores, editoriales y plataformas de distribución, ofrece una serie de herramientas para proteger las obras y controlar las condiciones de acceso.
1. Protección de los derechos de autor.
Su principal argumento es evidente. En el entorno digital, reproducir un archivo es extremadamente sencillo. Una vez que una obra circula sin ningún tipo de protección, puede copiarse y distribuirse de forma masiva con un coste prácticamente nulo.
El DRM intenta poner una barrera a ese proceso y proteger así una fuente de ingresos que resulta fundamental para escritores, editoriales y otros profesionales de la industria del libro.
2. Una barrera frente a la piratería.
El DRM no es una protección infalible, pero puede dificultar la distribución no autorizada de determinados contenidos. Para algunos usuarios, encontrarse con restricciones puede ser suficiente para desistir de copiar o compartir un libro.
Su eficacia, por tanto, no tiene por qué medirse únicamente por su capacidad para detener a quien está decidido a vulnerarlo. También puede funcionar como una barrera preventiva frente a determinados usos no autorizados.
3. Control sobre las condiciones de uso.
El DRM permite establecer qué puede hacerse con una obra digital. Puede limitar, por ejemplo, la impresión, el número de dispositivos autorizados o determinadas modalidades de préstamo.
Este control puede resultar especialmente útil en algunos contextos educativos, profesionales o institucionales, donde el acceso a los contenidos responde a unas condiciones concretas.
4. Nuevos modelos de acceso a los libros.
También hay que reconocer que las tecnologías de gestión de derechos digitales han contribuido al desarrollo de determinados modelos de distribución. Las bibliotecas digitales, los préstamos electrónicos y algunos sistemas de suscripción necesitan mecanismos que permitan gestionar quién tiene acceso a una obra, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones.
Sin algún tipo de control técnico, sería mucho más difícil garantizar que un préstamo digital terminase realmente cuando corresponde o que una suscripción limitada no se convirtiera en un acceso permanente.
Inconvenientes del DRM
El problema aparece cuando las medidas destinadas a proteger una obra terminan afectando precisamente a quienes la han adquirido legalmente.
1. Restricciones para el usuario legítimo.
Uno de los principales inconvenientes del DRM es que las restricciones se aplican también al comprador legítimo. El sistema no distingue necesariamente entre quien ha adquirido un libro de buena fe y quien pretende distribuirlo ilegalmente.
Como consecuencia, un lector puede encontrarse con que no tiene libertad para leer el libro donde quiera, transferirlo a otro dispositivo, compartirlo con otra persona o conservar una copia de seguridad.
Y aquí aparece una de las paradojas fundamentales del DRM: el lector que ha pagado por el libro puede encontrarse con más limitaciones que quien ha conseguido una copia sin restricciones.
2. Dependencia de las plataformas.
El DRM también favorece la creación de ecosistemas cerrados. Cuando una biblioteca digital queda vinculada a una determinada plataforma, cambiar de proveedor o de dispositivo puede resultar más complicado.
Esto no significa necesariamente que el usuario pierda de inmediato todos los libros que ha adquirido, pero sí que su acceso puede depender de las aplicaciones, dispositivos, cuentas y condiciones de servicio de una empresa concreta.
La situación genera una forma de dependencia que apenas existe en el mundo físico. Si compramos un libro en papel, podemos llevárnoslo a otra casa, prestárselo a un amigo, venderlo o conservarlo durante décadas sin preguntarnos si la editorial seguirá existiendo.
Con un libro digital protegido mediante DRM, esas posibilidades pueden estar condicionadas por decisiones técnicas y comerciales que escapan al control del lector.
3. Problemas de compatibilidad y accesibilidad.
Las restricciones también pueden provocar problemas de compatibilidad entre dispositivos y aplicaciones. Esto resulta especialmente relevante para las personas que necesitan tecnologías de asistencia para acceder a los contenidos.
Cuando un sistema de protección interfiere con lectores de pantalla, herramientas de accesibilidad u otras tecnologías de apoyo, una medida pensada para proteger una obra puede terminar convirtiéndose en una barrera para acceder a ella.
En un ámbito como el de la lectura, donde la accesibilidad debería ser una prioridad, este no es un problema menor.
4. La extraña naturaleza de la «propiedad» digital.
Quizá la cuestión más interesante sea conceptual.
Cuando compramos un libro físico, entendemos que el ejemplar pasa a ser nuestro. Podemos prestarlo, regalarlo, venderlo, donarlo o simplemente guardarlo en una estantería durante el resto de nuestra vida.
Con un libro electrónico protegido mediante DRM, la situación es diferente. En muchos casos, lo que adquirimos no es una propiedad plena sobre el archivo, sino una licencia que nos permite acceder a la obra bajo determinadas condiciones.
Esta diferencia puede parecer una cuestión jurídica o técnica, pero tiene una consecuencia muy concreta: el lector deja de tener un control absoluto sobre aquello que ha comprado.
Y eso modifica nuestra relación con el libro.
5. Una protección que no acaba con la piratería.
Existe, además, una paradoja difícil de ignorar. El DRM pretende combatir la piratería, pero quienes tienen conocimientos técnicos suficientes pueden encontrar maneras de eludir muchas de estas protecciones.
Como consecuencia, las copias pirateadas que circulan por Internet pueden terminar ofreciendo una experiencia más abierta que la del producto adquirido legalmente: pueden leerse en distintos dispositivos, conservarse sin depender de una plataforma y carecer de las restricciones impuestas al comprador.
Esto no significa que el DRM carezca por completo de utilidad, pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto tiene sentido imponer restricciones al lector que ha pagado si esas mismas restricciones resultan relativamente fáciles de sortear para quien obtiene la obra ilegalmente?
¿Tiene sentido el DRM en los libros?
La respuesta no es sencilla.
Desde una perspectiva comercial, es comprensible que autores y editoriales quieran proteger sus obras. Crear un libro implica tiempo, trabajo y dinero, y la facilidad con la que un archivo digital puede copiarse y distribuirse supone un desafío evidente para cualquier modelo de negocio basado en la venta de contenidos.
Pero proteger una obra no debería significar convertir su lectura en una experiencia innecesariamente complicada.
El problema del DRM aparece cuando la tecnología deja de ser una herramienta de protección y empieza a condicionar la relación entre el lector y el libro. Cuando no podemos leer una obra en el dispositivo que preferimos, cuando dependemos de una determinada plataforma para acceder a nuestra biblioteca o cuando conservar un libro que hemos comprado deja de estar enteramente en nuestras manos, algo ha cambiado.
Y quizá ese cambio sea más profundo de lo que parece.
Durante siglos, el libro ha sido un objeto extraordinariamente sencillo. Se compra, se abre y se lee. Podemos prestarlo, subrayarlo, guardarlo durante años y transmitirlo a otra persona. Su propietario no necesita autorización de una empresa para decidir qué hacer con su ejemplar.
El libro digital ha introducido una nueva realidad en la que comprar y poseer ya no significan necesariamente lo mismo.
Por supuesto, tampoco deberíamos caer en el extremo contrario. Los autores necesitan cobrar por su trabajo y las editoriales necesitan modelos de negocio sostenibles. La ausencia absoluta de mecanismos de protección tampoco garantiza un ecosistema más justo para quienes crean y publican libros.
La cuestión, por tanto, no debería plantearse como una elección entre «DRM sí» y «DRM no», sino como una búsqueda de sistemas que protejan los derechos de los creadores sin castigar innecesariamente a quienes adquieren sus obras de forma legítima.
En este sentido, alternativas como el llamado social DRM —basado, por ejemplo, en marcas de agua visibles o invisibles que identifican al comprador sin impedirle utilizar libremente el archivo— resultan especialmente interesantes. No eliminan por completo el problema de la distribución ilegal, pero plantean una relación diferente con el lector: una relación basada más en la responsabilidad que en la restricción.
Conclusión
El DRM es una herramienta que responde a un problema real, pero eso no significa que todas sus aplicaciones sean necesariamente razonables.
Proteger los derechos de autor es legítimo y necesario. Lo discutible es hasta dónde debe llegar esa protección y qué precio estamos dispuestos a hacer pagar al lector por ella.
Un libro digital no debería convertirse en un objeto extraño que solo podemos leer mientras una determinada plataforma nos lo permite. Tampoco parece razonable que quien adquiere una obra legalmente tenga que aceptar más obstáculos que quien decide obtenerla por medios ilícitos.
Quizá el futuro de la lectura digital pase por encontrar un equilibrio entre ambas necesidades: proteger al creador sin desconfiar del lector.
Porque la cultura no se construye únicamente levantando barreras. También se construye generando confianza.
Y, al fin y al cabo, un libro no es solo un archivo que debe protegerse. Es una obra destinada a ser leída, compartida, conservada y, con un poco de suerte, a sobrevivir a quienes la escribieron y a quienes la publicaron.
La lectura debería seguir siendo, ante todo, un encuentro entre un lector y una obra. Cuantas menos barreras innecesarias haya entre ambos, mejor.
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